La
Fundación Mapfre, en su sede de AZCA, ha empezado la temporada con una
retrospectiva de la fotógrafa norteamericana Imogen Cunningham. Hace unos meses
hice referencia a cómo las exposiciones de la Fundación me han ayudado –y me
siguen ayudando– a rellenar huecos de mi incompleta visión de la historia del
arte. La exposición actual me ha servido para recuperar a una artista que supuestamente
di en clase, aunque ahora no lo recuerde. Estoy seguro de que eso no va a volver
a pasarme.
Desde una edad temprana, Imogen Cunningham (Portland, 1883 - San Francisco, 1976) fue animada por su padre a desarrollar sus inquietudes artísticas. A juzgar por su prolífica carrera, que desarrolló a lo largo de más de sesenta años, uno se pregunta si esta mujer pudo haberse dedicado a otra cosa que no fuera la fotografía. Estudió química en la Universidad de Washington para adquirir formación técnica para su futura dedicación. Después se le concedió una beca para estudiar química fotográfica en Dresde y, al volver a los Estados Unidos, abrió su primer estudio de retratos.
Los organizadores de la muestra han decidido no seguir un orden cronológico, sino dividir las obras de Cunningham por temáticas. Durante una carrera tan larga, es de suponer que pocos motivos escaparon a su cámara. La primera parte de la exposición se dedica a escenas urbanas; la última, a los retratos. Lo que queda en medio son quizá los temas más conocidos de Cunningham: las plantas y el cuerpo humano.
Al llegar a esta parte de la muestra, el espectador atento se habrá percatado ya de que Imogen Cunningham estaba plenamente al día de las innovaciones en la fotografía, y seguramente habrá pensado en las vanguardias europeas al ver imágenes como Depósito de Shredded Wheat. Pero las fotos de plantas y cuerpos son otra cosa. Aunque comparten con aquéllas una mirada moderna –encuadres inesperados, un interés mayor en la forma que el contenido, etc.–, estos primeros planos de plantas y torsos humanos son la verdadera aportación de Cunningham a la historia del arte.
Definir, como acabo de hacer, a estas fotografías como primeros planos es subestimarlas. Es como si Cunningham quisiera llegar a la raíz misma de sus sujetos. Por muy teórico que uno se ponga, lo cierto es que lo que fascina de estas fotografías es su pura belleza. No es una mera cuestión formal. En Cunningham podemos ver lo mismo que en los cuadros que por los mismos años estaba pintando Georgia O’Keeffe. En ambos casos, los detallados retratos de flores parecen llevar una fuerte carga simbólica. Tomemos como ejemplo las connotaciones eróticas de algunas de estas magnolias.
Aunque estas imágenes sean probablemente las más impresionantes, sería injusto desestimar el resto de la exposición. Cunningham se interesó por todo tipo de temas, que trató siempre con igual sensibilidad y modernidad. Sus paisajes urbanos y dobles exposiciones son perfectos ejemplos. En cualquier caso, Cunningham no tuvo que recurrir nunca al melodrama o la sobreactuación. Lo que casi siempre nos demuestra es que, si uno se fija, la belleza está mucho más cerca de lo que pensamos.
Desde una edad temprana, Imogen Cunningham (Portland, 1883 - San Francisco, 1976) fue animada por su padre a desarrollar sus inquietudes artísticas. A juzgar por su prolífica carrera, que desarrolló a lo largo de más de sesenta años, uno se pregunta si esta mujer pudo haberse dedicado a otra cosa que no fuera la fotografía. Estudió química en la Universidad de Washington para adquirir formación técnica para su futura dedicación. Después se le concedió una beca para estudiar química fotográfica en Dresde y, al volver a los Estados Unidos, abrió su primer estudio de retratos.
Los organizadores de la muestra han decidido no seguir un orden cronológico, sino dividir las obras de Cunningham por temáticas. Durante una carrera tan larga, es de suponer que pocos motivos escaparon a su cámara. La primera parte de la exposición se dedica a escenas urbanas; la última, a los retratos. Lo que queda en medio son quizá los temas más conocidos de Cunningham: las plantas y el cuerpo humano.
Al llegar a esta parte de la muestra, el espectador atento se habrá percatado ya de que Imogen Cunningham estaba plenamente al día de las innovaciones en la fotografía, y seguramente habrá pensado en las vanguardias europeas al ver imágenes como Depósito de Shredded Wheat. Pero las fotos de plantas y cuerpos son otra cosa. Aunque comparten con aquéllas una mirada moderna –encuadres inesperados, un interés mayor en la forma que el contenido, etc.–, estos primeros planos de plantas y torsos humanos son la verdadera aportación de Cunningham a la historia del arte.
Definir, como acabo de hacer, a estas fotografías como primeros planos es subestimarlas. Es como si Cunningham quisiera llegar a la raíz misma de sus sujetos. Por muy teórico que uno se ponga, lo cierto es que lo que fascina de estas fotografías es su pura belleza. No es una mera cuestión formal. En Cunningham podemos ver lo mismo que en los cuadros que por los mismos años estaba pintando Georgia O’Keeffe. En ambos casos, los detallados retratos de flores parecen llevar una fuerte carga simbólica. Tomemos como ejemplo las connotaciones eróticas de algunas de estas magnolias.
Aunque estas imágenes sean probablemente las más impresionantes, sería injusto desestimar el resto de la exposición. Cunningham se interesó por todo tipo de temas, que trató siempre con igual sensibilidad y modernidad. Sus paisajes urbanos y dobles exposiciones son perfectos ejemplos. En cualquier caso, Cunningham no tuvo que recurrir nunca al melodrama o la sobreactuación. Lo que casi siempre nos demuestra es que, si uno se fija, la belleza está mucho más cerca de lo que pensamos.
Imogen
Cunningham.
Fundación Mapfre. Avenida del General Perón, 40. Madrid. Hasta
el 20 de enero de 2013.