sábado, 3 de marzo de 2012

La revolución silenciosa de Marco Maggi

Siempre que pienso en movimientos revolucionarios o subversivos me vienen a la mente la fuerte coloración de los carteles propagandísticos de los años 20 y 30, el clamor jovial de las masas proletarias o la ruda estética del punk. Me sorprende, por tanto, leer una afirmación de Marco Maggi (Montevideo, 1957), artista que expone ahora en la galería Cayón, cuando se propone “ejercer la delicadeza como actividad subversiva”.
     Algunas ideas que me rondan vagamente la cabeza desde hace algún tiempo han encontrado perfecta concreción en ciertas reflexiones de este artista uruguayo. Me da incluso envidia uno de sus aforismos: “En el arte, en la diplomacia y en los automóviles, la velocidad es trágica”. Pocas veces leo u oigo que la velocidad a la que está sometido hoy todo haya llegado al terreno del arte. El texto que Marco Maggi presenta para la galería Cayón me parece, más que una airada proclama, una resignada observación acerca de cómo la velocidad e inmediatez de la publicidad y los dispositivos electrónicos ha llegado a todos los ámbitos de la vida, también a aquellos que otrora requerían forzosamente de la pausa y, qué horror, el silencio. Supongo que debemos entender esto como otro avance de la técnica. Detenerse en matices es ya de un demodé insoportable.
Reflex Hotbed (detalle), 2011-2012
     ¿Son metáforas de todo esto las obras de Marco Maggi? Yo he creído entender que sí. A primera vista –la única que existe para muchos– sus acumulaciones de pequeños rectángulos de papeles de colores pueden ser composiciones más o menos atrayentes estéticamente. Si uno se fija durante unos pocos segundos, sin embargo, puede empezar a distinguir unas pequeñas sombras sobre esos blancos, amarillos, rojos, azules e, incluso, negros. Al acercarnos, podremos comprobar que cada una de esas piezas de papel tiene cortes y dobleces, creando finos relieves que arrojan sombra sobre la base. Quizá, aparte de juzgar el valor estético de las obras, lo que el artista quiere es simplemente que nos acerquemos para no quedarnos en la mera apariencia.
     Me vienen a la cabeza numerosos artistas que gozan de gran popularidad entre los estudiantes y aficionados del arte. Que la nuestra sea una cultura basada en la imagen no es algo que haya beneficiado necesariamente al arte. Una cultura de la imagen significa que desfilan ante nosotros miles de imágenes indiscriminadas que pugnan por dos o tres segundos de nuestra atención antes de dejar paso a otra. Sí, hoy todos tenemos láminas colgadas en casa de las obras maestras del Museo del Prado y cuadernos forrados con reproducciones de obras de pintores modernos, pero ¿eso representa un mayor aprecio hacia el arte? No necesariamente.
     En nuestra obsesión actual por estar constantemente informados, asediados por una avalancha de datos de toda clase, el arte, en todas sus formas, debería ser un refugio silencioso al que acudir para mantener la salud mental. Su contemplación es una actividad a la que dedicar un tiempo reposado, sin la pretensión de obtener información de la que podamos sacar provecho inmediato, sino más bien un ejercicio de reflexión –con el que no está reñido el placer– cuyas lecciones formen un poso en nuestro cerebro que perdure en el tiempo. Marco Maggi dice querer crear “confusiones precisas para ser observadas sin la menor esperanza de ser informado”. Quizá la gran aportación de este artista consiste en hacer que uno se tome la molestia de mirar las cosas de cerca, de fijarse en lo insignificante, todo un acto de subversión cuando a nuestro alrededor todo es incesante movimiento.

Marco Maggi. La menor idea. Galería Cayón. Orfila, 10. Madrid. Hasta principios de abril.



Marco Maggi’s silent revolution

Every time I hear of revolutionary or subversive movements, I think of the propaganda from the 1920’s and 1930’s, the jovial cries of the proletarian masses or punk’s rough aesthetic. I was therefore surprised when I read a statement by Marco Maggi (Montevideo, 1957) saying he sets out ‘to exercise delicacy as a subversive activity.’
     Some ideas that have been in my mind for some time have found a perfect expression in some of Maggi’s thoughts. I am even envious of one of his aphorisms: ‘In art, in diplomacy and cars, velocity is tragic.’ I very rarely read or listen to opinions reflecting how the speed of modern life has reached the territory of art. Marco Maggi’s text for Cayón gallery seems to me, more than an angry proclaim, a resigned observation on how the speed and immediacy of publicity and new electronic devices has reached every realm of human existence, even those that once inevitably required pause and, oh horror!, silence. I suppose we should accept this as yet another advance in technique. To stop and pay attention to details today is so unbearably démodé.
     Are Marco Maggi’s works metaphors of all this? I believe they are. At first sight –does another class exist for some people?– his compositions made from small paper rectangles can seem more or less aesthetically attractive. If one looks for a few seconds, though, he or she will probably begin to distinguish small shadows on the whites, yellows, reds, blues and, even, blacks. When we get closer, we see how these pieces of paper have been cut and folded in some parts, by which small reliefs are created, shedding shadows. Maybe, besides their possible aesthetic value, what the artist wants is to simply make us come closer so we can get more than just a first impression.
     I think of many artists who are popular amongst art students and aficionados. The fact that our modern culture is a visual culture doesn’t necessarily mean that art has benefited from it. A visual culture means that we are daily confronted with thousands of images that fight for three or four seconds of our attention before giving way to another. It’s true that we all have posters of the Prado’s masterpieces or notebooks covered in images of modern paintings, but is this symptomatic of a greater appreciation of art? Not necessarily.
     In our current need of constant information, invaded by all kinds of data, art, in all its forms, should be a silent refuge to visit in order to maintain mental health. Its contemplation is something we cannot benefit immediately from. It’s an exercise in thought –from which pleasure is not necessarily banished– whose lessons will remain for a longer time. Marco Maggi says he thrives to create ‘precise confusions to be witnessed without the faintest hope of being informed.’ Maybe this artist’s greatest contribution is making us take the time to look at things closely, of considering the insignificant, a real act of subversion when everything around us is a constant blur.

Marco Maggi. The Faintest Idea. Galería Cayón. Orfila, 10. Madrid. Until the beginning of April.

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