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miércoles, 3 de octubre de 2012

Estadísticas de carne y hueso

El arte puede ser, en algunos casos, un instrumento sociológico mucho más potente que los datos puros y duros. Dicho esto, es cierto que hay pocos artistas que lo consigan. David Goldblatt (Randfontein, Sudáfrica, 1930) ha centrado buena parte de su obra fotográfica en dejar constancia de diversos fenómenos sociales que han tenido o siguen teniendo lugar en su país. Su fama se debe en buena parte a las fotografías a través de las cuales denunció el apartheid en Sudáfrica a finales del siglo pasado. 
     El proyecto que se presenta ahora en la galería Elba Benítez surgió de un dato estadístico: el alto índice de criminalidad de Sudáfrica. Preguntándose por el porqué de los crímenes y quiénes son los que los cometen, Goldblatt se ha dedicado a poner cara a un puñado de los muchos delitos que se cometen diariamente en el país. Se inclinó por tratar a personas que ya pasaron por la cárcel y, a través de una organización que trabaja con presos, los llevó consigo para ser fotografiados en el lugar donde cometieron el crimen por el que fueron condenados.
     El elenco de delitos es muy amplio, desde pequeños hurtos hasta violaciones y asesinatos. Goldblatt, sin embargo, no hace distinción alguna entre ellos. Estos retratos en blanco y negro no nos revelan nada; para saber que los retratados son antiguos delincuentes en la escena de un delito hace falta remitirse a los textos que acompañan a cada obra. Estos textos, asépticos, son meras descripciones de las vidas y crímenes de los protagonistas, sin rastro de emoción o juicio. Puro trabajo documental.
     Si soy sincero, suelo desconfiar de la unión entre arte y sociología, ya que acostumbra a ser una excusa para descarados panfletos políticos en los que la parte visual acaba siendo una pálida ilustración del extenso y soporífero apartado teórico. A diferencia de éstos, las fotografías de Goldblatt no tienen vocación de propaganda. El suyo es un acercamiento personal a un fenómeno tremendamente complicado como el crimen y las causas que llevan a cometerlo. Goldblatt no juzga ni pretende que nosotros juzguemos, y no por ello cae en un relativismo muy propio de cierto arte contemporáneo. Aquí el crimen no es un tema banalizado; Goldblatt trata de averiguar sus límites y qué distancia nos separa a cualquiera de nosotros de convertirnos en criminales: seguramente mucho menos de lo que creemos.
     Como siempre es interesante conocer la opinión del artista, recomiendo la lectura de un texto del propio Goldblatt en la nota de prensa de la galería, así como una jugosa entrevista con Fietta Jarque (El País, Babelia, 22/09/12). De ambos deduzco que este fotógrafo se propone exponer la vida como es, sin endulzarla ni amargarla. Las conclusiones son cosa de cada cual.

David Goldblatt. Ex Offenders at the Scene of Crime. Galería Elba Benítez. San Lorenzo, 11. Madrid. Hasta el 3 de noviembre.

Paul Tuge en el lugar donde se escondió después de disparar a un policía en 2001, 2010


Flesh and blood statistics

In many cases, art can be a much more powerful sociological instrument than the bare facts themselves. That said, it’s true that not many artists achieve this. David Goldblatt (Randfontein, South Africa, 1930) has focused much of his work on many of the hard social aspects of his country. His fame is due in great deal to the series through which he denounced apartheid during the 1980’s and 90’s. 
     The project he now presents at Elba Benítez gallery has its origin in statistics: South Africa’s high crime rate. After asking himself about the causes of crimes and who commits them, Goldblatt has put a face to a handful of the many offences committed every day throughout the country. He chose people that had already been released from prison. Through an organisation dedicated to dealing with convicts, he took photos of them at the scene of the crime they had committed and for which they were sentenced. 
     The range of offences is large, from small robberies to rape and murder. Goldblatt, though, makes no distinction between them. These black and white portraits reveal nothing; in order to know that those portrayed are ex offenders we must read the texts that go with each photo. These texts, equally aseptic, are mere descriptions of the lives and crimes of the person in the picture, without a trace of emotion or judgement. Pure documentary work.

     If I’m honest, I am usually mistrustful when I see the words art and sociology together, since it’s normally an excuse for shameless political rhetoric, where the images barely sustain the hard theory. On the contrary, Goldblatt’s photos have no vocation for propaganda. His work is a personal approach to a very complicated matter, as is the case of crime and the causes that lead people to commit it. Goldblatt doesn’t judge, and doesn’t expect us to do so, but doesn’t give in to the relativism that characterises certain contemporary art. Here, crime is not some banal theme; Goldblatt wants to discover its limits and just what distance separates any of us from becoming criminals ourselves: it’s probably much smaller than we think.

     Since it’s always interesting to know the artist’s opinion, I recommend reading Goldblatt’s own words on the gallery’s press release, as well as an interview with Fietta Jarque (El País, Babelia, 22/09/12). I deduce from both of these that here is a photographer that strives to present life as it is, no more, no less. The conclusions depend on each one of us.



David Goldblatt. Ex Offenders at the Scene of Crime. Galería Elba Benítez. San Lorenzo, 11. Madrid. Until 3rd September.
 

viernes, 21 de octubre de 2011

Libros sin texto

Modern Architecture Without Architects, 2011
En ocasiones he llegado a preguntarme si lo que algunas personas buscan al entrar en una librería no serán objetos de diseño en vez de literatura, si lo que ansían llevarse a casa es una obra clásica o un bonito paralelepípedo que haga juego con el florero de la encimera del salón. Uno pensaría que el autor que figura en la portada no es el responsable del texto sino de la encuadernación. He trabajado en varias ocasiones en una librería y recuerdo las miradas casi condescendientes de varios señores maduros cuando les ofrecía una edición de bolsillo de Proust o Joyce. En mi caso, supongo que habría sacado mayor provecho de una edición de lujo de The Sound and the Fury que del endeble ejemplar de papel reciclado que me compré, a pesar de ser una reproducción literal del manuscrito original de Faulkner. ¡Cuántos significados ocultos se me habrán escapado entre aquellas páginas! Entiendo que a todos nos gusta tener entre las manos una edición cuidada, bonita a poder ser, pero precisamente una de las grandes virtudes de la literatura es que no necesita un soporte concreto para ser apreciada plenamente, a diferencia, por ejemplo, de la música. ¿Es verdaderamente tan importante el continente?
     Me vienen a la cabeza éstas y otras consideraciones al salir de la exposición de Fernanda Fragateiro (Alentejo, 1962). Al entrar en la solitaria Galería Elba Benítez, lo primero que uno se encuentra al entrar es una composición mural a base de módulos que parecen simular grandes ladrillos, que son en realidad brillantes cajas de metal pulido. Esta sucesión horizontal de ladrillos brillantes no crea una hilera recta, sino que hay pequeños altibajos, dotando así a la composición de un ritmo sutil. La instalación se completa con otra numerosa serie de módulos metálicos colocados en el suelo. La perfecta regularidad de las formas, su cuidada colocación, a medio camino entre la escultura y la arquitectura, recuerda a solemnes obras minimalistas de los años 60.
     Hemos de acercarnos un poco a las piezas, sin embargo, para descubrir lo que tienen de particular. Los ladrillos están en realidad rellenos de apretadas hojas de libros y revistas –de arte y arquitectura, aprendemos luego–, guillotinadas y embuchadas en la estructura metálica, visibles sólo por dos de sus lados. Lo que de lejos podían parecer reflejos del propio metal, son en realidad las marcas de tinta que asoman por los bordes de las páginas. Como indica George Stolz en la nota de prensa de la galería, el libro se convierte en la materia prima de las piezas. El libro interesa, irónicamente, no por su contenido, sino por su apariencia física.
     Además de la instalación, la exposición se completa con otra serie de libros, estos sí, identificables. Son pequeños, con tapas negras, pero se encuentran encapsulados dentro de estructuras de plástico que se adaptan a sus formas, ya estén cerrados o abiertos por una o varias de sus páginas. Estos plásticos hacen las veces de vitrina, volviendo inaccesible su contenido. De nuevo, el libro se nos presenta como un objeto digno de apreciación estética, inútil desde un punto de vista práctico. Quizá aquí sí encontraría su sitio aquel crítico que se hizo célebre al tratar de buscar una justificación estética al urinario de Marcel Duchamp.
     Si algo va quedando claro es que lo que menos le importa a Fragateiro son los contenidos de los libros. Una de las pocas obras en que aparece algo de texto es una pieza formada por dos sobrios libros negros superpuestos y cuyas cubiertas combinadas leen, “Modern Architecture Without Architects” (Arquitectura moderna sin arquitectos). No parece que sea inocente: la forma en que están combinados los libros puede recordarnos a una maqueta de un edificio de Mies van der Rohe, y el hecho de que en las cubiertas negras no aparezca el nombre de autor alguno casa a la perfección con la característica impersonalidad del movimiento moderno propugnado por el arquitecto alemán.
     Nada de esto parece gratuito. Todas las cualidades extraliterarias que Fernanda Fragateiro va otorgando a los libros probablemente quieran incidir en la posible obsolescencia a la que éstos se enfrentan ante la avalancha de los dispositivos electrónicos. Parece preguntarnos: ¿tienen hoy sentido los libros, o lo tendrán cuando todos los contenidos estén disponibles en formato digital? Pregunta de difícil respuesta para aquellos que disfrutamos tanto visitando librerías que huelen a papel y tinta.

Fernanda Fragateiro. Deep Space, Shallow Space. Galería Elba Benítez. San Lorenzo 11, Madrid. Hasta el 29 de octubre.



Books with no text

I sometimes wonder if some people enter bookshops in search not of literature but of unique design, if they are eager to take home a classic or an elegant parallelepiped that will sit nicely next to the flower vase on their living room shelf. It sometimes seems that the author on the front cover isn’t responsible for the text but for the binding of the book. I’ve worked in a bookshop various times and I still remember the nearly condescending looks on some mature men’s faces when I offered them paperback editions of Proust or Joyce. In my case, I just suppose I would have enjoyed a richer experience had I read a deluxe edition of The Sound and the Fury rather than the rather feeble one made with recycled paper I bought, even though the text was an exact replica of the one on Faulkner’s original manuscript. The many obscure meanings I must have missed whilst reading those pages! I know we all like to have a well designed book, pretty if possible, in our hands, but precisely one of the great virtues of literature is that it requires no specific medium for it to be fully appreciated, unlike music, for example. Is the container of the text really that important?

     These and other ideas cross my mind as I walk out of Fernanda Fragateiro’s (Alentejo, 1962) current exhibition. One enters the solitary Galería Elba Benítez and the first thing they find is a mural composition formed by a series of modules that look like big bricks, and which are actually shiny metal boxes. This horizontal succession of shiny bricks doesn’t form a straight line, but instead has small ups and downs, providing the composition with a subtle rhythm. The installation is completed by another large series of metallic modules placed on the floor. Their perfect regularity, meditated positioning, half sculpture-half architecture, reminds us of solemn minimalist works from the 1960’s.

     We need to get closer to the pieces, though, in order to discover what makes them peculiar. The bricks are actually filled with tight stacks of pages from books and magazines –about art and architecture, we later learn– cut and pressed against the metallic structure so that only two of their sides are visible. What from a distance seem to be reflections of the metal are actually the ink marks that show along the edges of the paper. As George Stolz states in the explanation provided by the gallery, the book is transformed into the “raw material” of the works. The book is interesting, ironically, not because of its contents but because of its physical appearance.

     Apart from the installation, the exhibition features another series of books which, in this case, we can easily identify as such. They are small, with black bindings, but they rest inside plastic capsules which adopt their forms, closed or open by one or more of their pages. These plastic structures are, in a way, showcases, and the objects contained inside become inaccessible. Once again, the book is presented to us as an object with an aesthetic value, but useless from a practical point of view. The art critic who gained fame by trying to justify Marcel Duchamp’s “fountain” with aesthetic arguments might just have found his place among these sealed books.

     There’s something that has, by now, become clear: what Fragateiro is less interested in is in the books’ contents. Once of the few pieces in which we do find some text is formed by two discreet black books, one above the other. If we combine the text on both of their covers, we read: “Modern Architecture Without Architects”. This doesn’t seem at all innocent: the way in which the two books are combined can remind us of a simplified scale model of one of Mies van der Rohe’s buildings, and the fact that we find no author on the covers is probably a reference to the aseptic, impersonal approach towards architecture that Mies and his followers advocated for.

     None of this is for free. By giving books all these extra-literary qualities, what Fragateiro probably wants to shed light on is the possible obsolescence these face as we witness the avalanche of electronic devises. What she seems to ask us is: will books make any sense when they’re all available on a digital format? It’s a question with no easy answer for those of us who love to visit bookshops that smell of ink and paper.



Fernanda Fragateiro. Deep Space, Shallow Space. Galería Elba Benítez. San Lorenzo 11, Madrid. Finishes 29th October.